Los peligros de la IA

Se están lanzando diversas y serias advertencias sobre los peligros de la inteligencia artificial (IA). Desde la merma de creatividad que resulta de su uso para tareas antaño encomendadas a los humanos, a cómo los textos escritos por IA borran la personalidad y el estilo. A pesar de eso, el uso de la IA triunfa de momento; por ejemplo, en la elaboración de los carteles de las fiestas en los pueblos de España. Así vemos el mismo estilo impersonal en ese tipo de anuncios y donde antes quedaba reflejada la idiosincrasia del pueblo en fiestas y las peculiaridades de sus gentes y sus celebraciones ahora vemos la misma homogeneidad despersonalizada. Afortunadamente, hay resistentes, como la empresa alemana Lego, que ha renunciado al uso de la IA para sus creaciones y confía a sus ingenieros y diseñadores la innovación de su producto. Pero no es la despersonalización el único ni el peor de los peligros que presenta el actual desarrollo de la IA.

La IA está empezando a explotar nuestros fallos para lograr los fines que nos hemos propuesto alcanzar a través de ella. De momento se han dado ya varios casos de IAs que han rebasado los límites que les habían puesto sus entrenadores humanos para realizar las tareas que se les habían encomendado. Las IAs han sido capaces de crear redes entre ellas a fin de llegar al objetivo que les había sido propuesto. En algunas ocasiones hasta han rebasado el campo virtual en el que habían sido confinadas por sus entrenadores para incidir en el mundo exterior “real”. Incluso han llegado a crear identidades falsas para que sus hazañas “ilegales” no pudieran serles atribuidas. Muchas veces el descubrimiento de las fechorías de las IAs ha sido fruto de la casualidad, lo cual quiere decir que ya es posible que la IA actúe sobre el mundo real y que estas acciones pasen desapercibidas a sus entrenadores.

Creo que el problema es que estamos alimentando —entrenando, enseñando— a las IAs sin que nuestra inteligencia humana, demasiado humana, haya previsto hasta dónde puede llegar la capacidad de esos engendros que estamos creando. Algunos apocalípticos han afirmado incluso que es posible que la IA llegue en un futuro cercano a exterminar al género humano. Sin llegar tan lejos, muchos de los más lúcidos expertos en IA vienen reclamando una moratoria hasta que hayamos creado un plan de entrenamiento coherente con los resultados que pretendemos alcanzar y, sobre todo, con los límites que queremos establecer como absolutamente infranqueables, que las IAs de ninguna manera puedan rebasar en ningún supuesto.

Sin embargo, no cabe ser muy optimista al respecto. Hay poderosas razones para que ni llegue a establecerse esa moratoria ni se instauren límites a las IAs. Son muy fuertes razones económicas y políticas que van a seguir impulsando ese aprendizaje incontrolado de la IA. Detrás de los grandes modelos de IA hay enormes intereses económicos y una rabiosa carrera para ofrecer al mercado una IA más potente y más capaz que la competencia. Y por eso no van a parar. Una moratoria supondría frenar sus expectativas de inmensos beneficios derivados de la superioridad de su modelo sobre los de sus rivales.

Por otra parte, la IA se está revelando también como un arma poderosísima. Y así como las grandes potencias cuentan con ejércitos de ‘hackers’ o ‘crackers’ capaces de lanzar ataques cibernéticos —de algunos de los cuales tenemos noticias y de otros seguro que no las tenemos porque los que los han sufrido no quieren hacer públicas sus vulnerabilidades—, aspiran también a tener en la IA un arma eficacísima para sus ciberataques. Un cracker frente a un ordenador equivaldría al armamento tradicional frente al arma nuclear en la que se convertía otro asistido por IA. Por tanto, esos mismos Estados forajidos —y seguramente todo Estado es forajido en mayor o menor medida: casi todos tienen servicios secretos— van a seguir potenciando las capacidades destructivas de la IA. Permanezcan atentos a cuando se sumen IA y computación cuántica. Ahí se habrá alcanzado el equivalente a la bomba termonuclear.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
13/09/2026


Imprimir

 

Volver a página anterior