—Oye ¿te has enterado de que los antivacunas han celebrado el sábado pasado un congreso en Ciudad Real? Acudió la flor y nata del movimiento.
—Pues no, no sabía nada, pero creo que deberían prohibir esos aquelarres de aprendices de brujos paranoicos que ven en todo una conjura mundial. Acuérdate del “chis” que Mendoza decía que nos ponían con la vacuna del COVID.
—Por lo que sé, la Consejería de Sanidad de Castilla la Mancha intentó prohibir, sin éxito, el aquelarre, como lo llamas. Por lo visto, los jueces dijeron que no representaban un peligro público y les dejaron celebrar su congreso.
—Ningún peligro, dice. Como ganen suficientes seguidores van a volver enfermedades que habíamos borrado del mapa. Habría que tomar alguna medida, porque podemos llegar a tener un problema sanitario serio. Es volver muchos años atrás, a cuando había epidemias de polio, o de sarampión, por ejemplo.
—Pero es complicado, a ver, prohibir reuniones ¿apelando a qué?
—Sí, ya sé que la libertad de expresión es sagrada. Pero a lo mejor se podrían hacer obligatorias algunas vacunas.
—¡Uy! Obligar a la gente a que vacune a sus hijos sería igual de complicado. Ya sabes, hay furiosos defensores de una supuesta libertad de los padres y de que nadie tiene derecho a hacer algo con sus hijos que ellos no autoricen. O sea, el Estado adueñándose de sus vidas y todo eso.
—Todo eso puede parecer muy bien, pero hay que preguntarles qué pasará si hay mucha gente sin vacunar y se presenta un problema de salud pública. No vacunar a un hijo no es un asunto privado. Los que nos perjudicamos somos todos, porque si hay mucha gente sin vacunar es más fácil que se propague una enfermedad, porque los vacunados pueden enfermar también, aunque corran menos riesgo. Imagínate una epidemia de tuberculosis… Acuérdate del confinamiento durante la pandemia. No dejarte salir de tu casa también va contra la libertad, pero si hay un mal mayor, está justificado.
—Hombre, Casimiro, de momento no estamos en esa situación, ni mucho menos.
—No te fíes, el sarampión ya empieza a ser un problema.
—No seas cenizo, anda. Lo que me sí me parece que resulta contradictorio es que por un lado los antivacunas campen por sus respetos, y por otro se nos bombardee con la necesidad de cuidar nuestra salud haciendo ejercicio, por ejemplo.
—Pues en eso te doy la razón. Se nos vende que el ejercicio es la nueva panacea contra todos los males. Hemos pasado de tener pastillas para todo a tener la obligación de que cada uno se cuide a base de ejercicio, dietas milagro, suplementos mágicos como el magnesio o la creatina, y de evitar otras cosas que antes tomábamos sin ninguna mala conciencia y ahora son venenos. Ya sé que a ti te preocupa el tema de la alimentación, que ya hemos hablado de él.
—Pues sí, empezando por el veneno por excelencia, el azúcar.
—Y la sal y el alcohol y el tabaco y las carnes rojas y los ultraprocesados y el gluten... y yo qué sé cuántas cosas más.
—Probablemente hay alguna verdad en todas esas recomendaciones, pero también es verdad que mucha gente se obsesiona y se matan a hacer CrossFit en el gimnasio cuando ya no están para esos trotes.
—¿Y qué me dices de los que se sienten en posesión de la verdad y te miran mal si te ven tomar una caña, como hacemos ahora tú y yo? Ya no te digo nada si te ven encendiendo un pitillo.
—Pues mira, que está bien cuidarse, pero tampoco es sensato caer en los excesos. Que a este paso vamos a querer que los leones y los tigres se nos hagan veganos. |