—¿Y qué me decís de la regularización de inmigrantes que ha aprobado el Gobierno?
—Yo te podría decir muchas cosas, Casimiro, y preguntar a mi vez otras tantas. Tengo algunas cosas claras y muchas dudas que me produce esa especie de pistoletazo de salida para que los sin papeles se conviertan en residentes legales, la verdad.
—Me parece que yo también estoy un poco así. Pero bueno, empecemos por las certezas. ¿Qué cosas tienes claras tú?
—Pues lo primero es que mucha economía sumergida va a aflorar. Ojo, digo ‘mucha’, no toda, que en este país hay muchas cosas que pasan bajo la superficie y jamás van a salir a la luz. Empezando por “la factura la quiere con o sin IVA”. Además, esas noticias que leemos y vemos en los telediarios de inmigrantes viviendo hacinados en condiciones infrahumanas y convertidos casi en esclavos serán más difíciles de ver. Aquí hay muchos empresarios, si se les puede llamar así, desaprensivos que se aprovechan de que la gente sin papeles acepta cualquier cosa que le ofrezcan para tenerlos machacados. No digo yo que eso vaya a desaparecer con la regularización, pero es más difícil aprovecharse de quien tiene papeles que de quien está totalmente en precario.
—Está muy bien ser tan humanitario, Luis, pero a mí me preocupan más los españoles. ¿No crees tú que los inmigrantes les están quitando el trabajo a los nacidos aquí? A mí, si hubiera pleno empleo en España, no me parecería mal que vinieran extranjeros. Pero mientras no haya pleno empleo, y es un hecho que no lo hay, mira las cifras de paro juvenil, creo que se debería limitar la llegada y el trabajo de extranjeros.
—Bueno, es que si hubiera españoles dispuestos a trabajar, por ejemplo de camareros, en las mismas condiciones que un latino, los empresarios le darían el trabajo antes a un español ¿no?
—Claro, pero es que los empleos se abaratan precisamente porque hay emigrantes que trabajan por muy poco dinero. A lo mejor si no hubiera extranjeros dispuestos a aceptar lo que sea, los empresarios tendrían que ofrecer mejores condiciones para conseguir trabajadores.
—¿Entonces tú crees que la solución sería deportar a los que ya están aquí, como quieren hacer algunos gobiernos de la UE?
—Hombre, tampoco, la deportación es una barbaridad. Mira lo que hace el ICE ese de Trump, que detiene a niños y los separa de sus padres. No, yo creo que lo que falta es un plan, saber cuántos trabajadores hacen falta y contratarlos en origen. Así, solo podría entrar el que tuviera un contrato.
—Perfecto. ¿Y qué haces con los que llegan en pateras? ¿los ametrallas en alta mar?
– No, hombre, habría que hacer tratados con los países de origen para evitar que lleguen aquí.
—Ya, como si eso fuera tan fácil. ¿Tú sabes lo que hacen en Marruecos con los que interceptan en su territorio? Mejor no saberlo.
—Pero si no impedimos que lleguen y además los regularizamos de vez en cuando, el efecto llamada está servido.
—No está demostrado que después de las regularizaciones que se han hecho hayan llegado más inmigrantes.
—No sé cómo se demuestra eso. Pero si en algunos países no se les dan facilidades y hasta se los deporta y en España se regularizan ya te digo yo, blanco y en botella, qué país van a elegir para venirse.
—Os estoy oyendo y no habéis tenido en cuenta que la regularización es simplemente una puesta a cero del contador, que de nuevo empieza a correr y las condiciones de los sin papeles volverán al día siguiente de la regularización. Y otra cosa de la que no habéis hablado es de qué se hace con los extranjeros que detienen por delinquir, sobre todo cuando se trate de reincidentes. Y no digamos nada de los problemas de integración de los musulmanes.
—¡Uf! Eso da para otra charla, Julián.
—Pues vamos a dejarlo para otro día, que yo tengo que irme. |