—Es que parece que para comer bien hubiera que hacer un doctorado de nutrición y dietética en Oxford. Que está bien darle más importancia a los alimentos que tomamos, pero cada vez es más complicado saber lo que nos conviene y lo que nos perjudica.
—Bueno, también es que hay mucho listillo por las redes pontificando sin tener ni puñetera idea. Como todo buen ignorante, complicando las cosas hacen como que saben más que los otros y muchos se ganan así la vida, haciendo de gurús de esto y de lo otro. Yo creo que comer bien es lo más sencillo del mundo: dieta variada.
—No me digas eso, Tomás, que hay montones de cosas que te recomiendan que no consumas. Y no me refiero solo a los famosos y dañinos ultraprocesados. El azúcar es el nuevo veneno que hay que evitar a toda costa. O sea, que tu dieta variada tiene que ser matizada. Hay que poner en un larga columna todo lo que nos dicen que no se debe comer. Sí, sí, variar pero sin incluir ciertas cosas.
—Pero no te compliques la vida, Jesús. La famosa dieta mediterránea, que todos sabemos en qué consiste, es garantía de buena alimentación. Y ya está, hombre, problema resuelto.
—Claro, claro, dieta mediterránea. O dieta paleo, o disociada, o keto... Como si la dieta mediterránea fuera una plantilla que la aplicas y ya está. Empecemos por el pan. El pan forma parte de la dieta mediterránea ¿no? Pues el pan también ha sido demonizado. Que si tiene que ser integral, que si las harinas ahora tienen mucho gluten, que este es otro de los venenos que hay que evitar a toda costa.
—Bueno, el gluten solo perjudica a los celíacos. Si no lo eres, no debes preocuparte.
—Eso lo dices tú, pero no los nutricionistas, que advierten de que el pan industrial ese no es un alimento sano, lo mismo que el arroz o la pasta. Además, está el famoso índice glucémico, que varía según con qué se coma ese pan o esa pasta. Con aceite de oliva o con tomate, por ejemplo, vamos bien. Y de las grasas se puede decir otro tanto. Ahora sabemos que no es lo mismo la grasa vegetal que la animal. Y que, dentro de las vegetales, las hay sanas como el aceite de oliva e insanas como el de palma. Por cierto, el aceite de oliva era malo ¿te acuerdas? Recomendaban evitar su consumo, se lo prohibían, por ejemplo, a los enfermos cardíacos, hasta que se descubrió que era maravilloso.
—Vale, pero seguimos con la dieta mediterránea. Reconoce que el aceite de oliva es lo más mediterráneo que existe.
—Ya. ¿Y eso quiere decir que barra libre de aceite y de grasas sanas, frutos secos, etcétera? Sí, sí pero cuidado que son muy calóricos. Y del pan ¿qué me dices? En el caso de que consiguieras un pan no industrial ¿también podrías comer cualquier cantidad, lo mismo que de pasta y otros hidratos de carbono?
—No, hombre, claro que no; se trata de no ingerir más calorías de las que se gastan.
—¡Como si eso fuera fácil! La edad, las hormonas y más cosas influyen en el metabolismo y el gasto de calorías. Y eso nos lleva a lo del ayuno intermitente ¿es sano o perjudicial? ¿Es bueno nuestro horario de comer y cenar tarde, o es mejor hacer como en la Europa no mediterránea que se come poco y se cena más pero mucho más temprano que aquí? ¿Cinco comidas al día, como se recomendaba hasta hace poco que se descubrió que era mejor dejar pasar más horas entre la cena y el desayuno? Por si esto fuera poco, ahora resulta que es mejor comer en compañía y en entornos agradables que solo o en lugares ruidosos o inhóspitos, como esos sitios sin ventanas que hay en las oficinas modernas para que los curritos se coman, recalentado en el microondas, el contenido del triste táper que se traen de casa. Dime si para digerir todas estas normas dietéticas no es mejor hacer el doctorado en Oxford del que te hablaba al principio.
—Pues sí, Jesús, ¡qué complicada es la vida moderna! |