El fin de un orden civilizatorio

El politólogo y economista Francis Fukuyama decretó el fin de la historia en su obra ‘The End of History and the Last Man’, publicada coincidiendo con la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría. Según Fukuyama, las ideologías, concebidas como sistemas para organizar la convivencia en los Estados y entre los Estados, habrían expirado con el triunfo del liberalismo entendido como la suma de democracia política y libre mercado. La humanidad habría entrado en una fase superior de su desarrollo caracterizada por el fin de las guerras que antaño provocaban cambios en los mapas o, lo que es lo mismo, las guerras coloniales que construían imperios por conquistas o asentaban independencias por alzamiento en armas contra la metrópoli. Todavía se puede decir de otro modo: el fin de la historia consiste en la sustitución de la geoestrategia por la geoeconomía. El comercio libre y no monopolístico sustituiría la lucha armada por el intercambio de mercancías y servicios. El fin de las guerras daría paso a luchas lícitas y no cruentas: las conquistas de mercados.

Pasados unos cuantos lustros, lo que hoy contemplamos en el mundo es muy diferente a ese fin de la Historia que vislumbró Fukuyama. Probablemente, esa visión liberal en la que países con democracias consolidadas compiten entre sí sin más reglas que las del libre comercio nunca ha existido más que en los constructos teóricos lastrados por una ideología oculta que proclamaría precisamente la abolición de toda ideología.

La realidad, la cruda realidad, es que el libre comercio nunca ha existido en estado químicamente puro. Toda economía avanzada ha ejercido poder sobre las naciones con las que comercia. Por ejemplo, el gran invento americano ha sido la imposición del dólar —el petrodólar— como única moneda en el supuesto libre comercio de la fuente de energía preponderante en el mundo moderno. Sin duda ha sido una gran jugada. La dependencia del sistema productivo mundial del petróleo llevaba aparejada una enorme demanda de dólares para hacer frente a los pagos. Esto situaba a la economía estadounidense en una clara posición de privilegio financiero.

Pero la propia dinámica del comercio mundial llevó a la deslocalización de la producción industrial y, de rebote, a la irrupción de China como potencia económica. Eso planteó nuevas estrategias, como la búsqueda de aprovisionamiento de materias primas necesarias para la emergente industria digital y los intentos de sustituir el dólar por el yen o el rublo para comprar petróleo. En principio, seguían utilizándose las estrategias comerciales acompañadas por un ejercicio del poder de un modo más o menos manifiesto. Ahora bien, descontando algunos conflictos armados locales como la guerra en la antigua Yugoslavia o las numerosas e interminables contiendas en el continente africano, desde la II Guerra Mundial ninguna gran potencia había utilizado las armas para ejercer su poder sobre otras naciones.

La primera en reverdecer su pasado imperial fue Rusia, utilizando las armas contra Ucrania como modo de conquista de nuevos territorios. Hoy, los Estados Unidos de Trump también vuelven a reivindicar su potencia de fuego en un asalto a la independencia venezolana y amenazan la integridad danesa con anexionarse Groenlandia. La mera apelación a su condición de primera potencia armada del mundo para justificar su derecho a gobernar países o anexionarse territorios muestra que hemos entrado en otra era. Que en realidad es una vuelta al pasado en el que la lucha por la supremacía se conseguía por la fuerza de las armas y no mediante las civilizadas estrategias comerciales, aunque estas se apoyaran en presiones e intimidaciones. El fin de la historia que pronosticaba Fukuyama no solo no ha llegado, sino que nos asomamos a una nueva era en la que el peso de las armas cambiará mapas y alianzas. Y la muerte siempre acompaña al uso de las armas.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
11/01/2026


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