Trileros

El socialismo nos ha defraudado, otra vez. No hicieron más que llegar al poder y ya pusieron en marcha sus oficinas de trincadera general. Y en cuanto han tenido unas titis a mano, la han alargado sin demasiado esfuerzo porque, todo hay que decirlo, ya la tenían muy larga. Colocar a un hermano o invitar a la propia a codirigir un máster sin titulación alguna resulta muy poco edificante y hasta estéticamente fallido, por muy bien que le sienten al amado líder los pantalones pitillo y las americanas entalladas. Se diría que no es que hayan sucumbido a las inevitables tentaciones del poder, sino que ya venían preparados para aferrarse a las prebendas y, con la poca clase de los ‘parvenus’, han caído en todos los viejos vicios del abusón.

Giremos un poco más a la izquierda para ver si desde allí se adivina a lo lejos esa tierra prometida que nos ofrecen. Pues tampoco. Es que a mí me gustaría ser progre, pero no aguanto las cojudeces y las melonadas de lo ‘woke’. Me espanta la simpleza, quiero suponer que bienintencionada, y la facilidad con la que recurren al BOE convencidos al parecer de que en las cajas de tipos del Diario Oficial se encuentran las claves de un mundo justo y feliz. Estamos decepcionados de una ley que pretende atajar la violencia machista pero que deja en libertad o acorta la condena de maltratadores sentenciados. O de la que pretende resolver el problema de la vivienda con regulaciones en vez de promociones, desde el BOE, estos idólatras de las leyes. Está muy bien defender los derechos de las minorías, tantas veces maltratadas y marginadas, pero sin llegar al extremo de que se encuentre la virtud en la pertenencia a una minoría, que casi invitan a los adolescentes a ‘transicionar’.

Tampoco le haría yo ascos a una derecha civilizada. Si algún día pareció que, una vez desprendidas las pegajosas adherencias franquistas, por fin íbamos a tener por aquí una derecha homologable a la europea, resulta que en Europa regresan las nostalgias y los tics de una derecha asilvestrada, racista y homófoba. Y claro, aquí los criptofranquistas —que haber, haylos— que estaban relegados a las catacumbas, ahora se exhiben e incluso se jactan de serlo. Y hasta hay que escuchar las loas al ‘ancient régime’ de labios de gente que por su edad no ha vivido el franquismo. No sirve como reemplazo a la izquierda en el poder una derecha que compite con ventaja en todo lo que reprocha a la izquierda. En machismo y corrupción, por ejemplo. Con todo, lo peor de la derecha española —y su epítome, que es la derecha madrileña ayusista— es la vocación de trileros con la que ocultan el juego que se traen entre manos. Resulta chocante que en los barrios obreros de la capital se vote a una individua cuya pareja ha hecho fortuna en la pandemia, como buen oportunista sin escrúpulos, y guarda en su garaje un rugiente maserati como paso intermedio hacia el yate. El defraudador confeso de la Hacienda pública conocido como ‘Alberto Quirón’ tiene estrechas relaciones con el grupo sanitario privado principal beneficiario de las concesiones de la Comunidad. He ahí el principal peligro de las derechas españolas: el desmantelamiento de lo público —sanidad o educación— en beneficio de los grupos privados. Bajo el pretexto de una mejor gestión, están dejando los hospitales públicos en manos de los que solo buscan el mayor beneficio económico, sin importarles la atención al paciente. Nuestra joya más valiosa, que cualquier ciudadano tenga acceso a la mejor y más avanzada atención sanitaria, se ve amenazada para favorecer a la sanidad privada, como se encargó de poner de relieve un directivo del Grupo Ribera, que gestiona uno de esos hospitales públicos.

Pero esos son los mimbres con los que construir la cesta de nuestro país. Toca estar vigilantes para no dejarse engañar por los trileros. Por ninguno.

Artículo aparecido en:
La Opinión de Murcia

Fecha publicación:
21/12/2025


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